Concerto Zapico: Forma Antiqva plays Baroque Dance MusicConcerto Zapico: Forma Antiqva plays Baroque Dance Music

La fuerza de la sangre

Boletín Diverdi

Disco: Concerto Zapico

01 de diciembre de 2010


"Como ocurriera en su día con los Kuijken o los Hantai, los hermanos Zapico se han convertido en un nuevo icono de la música antigua en familia, un nuevo caso de frères heureux armonizados y bien avenidos, emblema de cómo el hogar puede acabar convirtiéndose en el mejor conservatorio."



La fuerza de la sangre

Diría que lo de Caín y Abel fue el mal rollo, como lo de Rúmulo y Remo fundar una ciudad, lo de los Lumière el cinematógrafo, los de los Grimm los cuentos, lo de los Pinzones navegar hacia poniente, lo de los Marx la comedia, lo de los Dalton los bancos y los trenes, lo de los Gasol entrar en la zona, lo de las Polgar la defensa siciliana, lo de los Young montar AC/DC, lo de las Labèque el piano, lo de los Alqhai las violas, lo de los Jonas... (de ésos mejor ni hablamos), y lo de los Zapico... lo de los Zapico es –sin ninguna duda- la cuerda pulsada.

Como ocurriera en su día con los Kuijken o los Hantai, los hermanos Zapico se han convertido en un nuevo icono de la música antigua en familia, un nuevo caso de frères heureux armonizados y bien avenidos, emblema de cómo el hogar puede acabar convirtiéndose en el mejor conservatorio, de cómo el hecho de compartir juegos, cuentos, desayunos con magdalenas y meriendas con nocilla, televisión y bañera, ropa de invierno y de verano, navidades, veraneos, memorias, también pérdidas... de cómo todo eso puede traducirse también en un canto común, y ese canto, en el caso de los Zapico, se hace pulsando cuerdas. Aarón lo hace sirviéndose de un sistema de plectros conectados a un teclado (la organología lo llama “clave”), y Daniel y Pablo lo hacen directamente con los dedos, sirviéndose de un variopinto número de artilugios, como la tiorba, el tiorbino, la guitarra o la vihuela, instrumentos que no nos cansamos de ver y escuchar, porque contribuyen a hacer de la música antigua un espacio único y diferenciado.

Este disco no es un disco de grandes obras -tampoco lo pretende-, es un disco dedicado en uno de los ingredientes más atractivos e impagables de cualquier encuentro entre humanos, ya se reúnan para cantar, tocar, bailar, jugar al fútbol o al mus. Éste es un disco que homenajea, simple y llanamente, la complicidad. Esa extraña y misteriosa sustancia que pone en comunicación a las personas sin necesidad de palabras. Un gesto, una mirada o, en el caso de la música, una articulación, un trino, un ritardando, un legato. Este disco es un mosaico de ostinatos, de bailes, de lienzos en blanco, de cosas sobre las que inventar, un disco formado de piezas que no arrancan en el compás 1, sino con un sígueme, piezas que se ensayan a la luz de frases como: las dos primeras sin rasgueo, luego te quedas tú, después hago yo el solo y terminamos los tres a saco!, uno de esos discos en los que la partitura manda lo justo (diría que poco), un disco que se toca como se toca Hello Dolly o Take the A train, uno de esos discos en que se saca la música a la ventana para decirle: ¡vuela!, un disco para hacer hablar a las líneas graves, ésas que invitan al resto a moverse sin guión, un disco –se me ocurre- que recoge lo que ocurría cuando algún noble del siglo XVII, cocido de vino y rodeado de cortesanas, gritaba: ¡músicos: tocad!

Hace exactamente dos años, este humilde cronista acuñaba en estas mismas páginas la expresión “generación Zapico” para identificar a la nueva hornada de artistas españoles que están renovando la música antigua en este siglo XXI. Ahí va otra. “Sonido Zapico”: dícese del timbre característico de los hermanos Zapico, en el que la cuerda pulsada adquiere un peso dominante, además de un perfil extravertido, espontáneo, sanguíneo y –lo que es más importante- contagioso. ¿Podrán resistirse?

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