Forma Antiqva, luz entre tinieblas

Ideal

01 de julio de 2018


A pesar de que ayer sábado terminaba este luminoso mes de junio, el segundo concierto gratuito del Festival nos transportó, en alas de la música, a una Semana Santa, en concreto al triduo pascual y a los Oficios de Tinieblas que la Iglesia Católica cantaba esos tres días en la hora canónica de maitines. El clave, que hace unos meses regaló Rafael Puyana al Archivo Manuel de Falla, enunció las tinieblas, y de pronto se hizo la luz con la voz rutilante y potente de Lucy Crowe, la soprano que abrió este enorme y ciclópeo lamento atribuido al profeta Jeremías.

Sobre dicho texto bíblico muchos autores habían puesto música, pero Forma Antiqva, grupo residente del Festival de Granada, escogió ayer la del francés François Couperin, y así conmemorar los 350 años de su nacimiento en París. Y además entreveró las tres lecciones con piezas instrumentales breves de Robert de Visée y del propio músico homenajeado. Un acierto, pues no sólo daba un respiro a las sopranos sino que agilizaba el tema musical de la mañana.

Forma Antiqva es un grupo que investiga la música antigua, la adapta con mesura y sin ocurrencias de esas que persiguen efectos cara a la galería, añade mínimas concordancias y acompañamientos lógicos, para luego interpretarla ellos mismos con la extraordinaria panoplia de instrumentos que exhibe en cada concierto. Y este año ofrece muchos dentro del Festival que los acoge, desde el dúo de anteayer en el Corral del Carbón hasta el concierto de mañana en el Hospital Real. Alma y vida del conjunto es el trío de hermanos Zapico: Aarón en el clave y ayer en la dirección, Pablo que ayer tocó el archilaúd, y Daniel con su tiorba de larguísimo mástil y cuerdas simpáticas. Como apoyo, más que bajo continuo, Rami Alqhai a la viola da gamba.

Lucy Crowe mostró una voz catedralicia que llenó por completo la nave de San Jerónimo

Todo cuerdas: unas pulsadas con esmerado tino y suavísima tersura extrayendo sones preciosos de instrumentos ebúrneos apoyados en el muslo, una viola da gamba más locuaz cuando sus cuerdas son frotadas con arco, con la discreción con que lo hizo Rami. Y, desde el clave ni una queja a pesar de sus cuerdas era 'pellizcadas' por mecanismos accionados desde las manos de Aarón, director con el gesto.

Dos sopranos

Con la primera intervención de Lucy, todo quedó diáfano. Tras las tinieblas del silencio, la voz humana lució, recordando el lema del impresor Juan de la Cueva en la portada del Quijote, a su vez tomado del libro de Job. Una voz catedralicia que llenó por completo las naves de San Jerónimo y sus muros le devolvían un eco que acrecía, para nuestro regocijo, cada una de sus notas. Potentísima en los tonos que rozan el grito, tan adecuados para el lamento; mucho más discreta en las bajadas hasta las fronteras de la mezzo. Gestos ondulantes para largos melismas dolientes, imposible ocultar su procedencia operística. En realidad esta representación tiene algo de escénica, pues hay que describir con el cuerpo, decir con la voz, corroborar con el gesto y afianzar con la mirada, a pesar de que la soprano prefería tener los ojos entornados.

Nuria Rial se alternó con la británica en las tres lecciones de Couperin enriqueciendo la obra del parisino para dos tonos de soprano. Cantante, en apariencia, de menor volumen sonoro, pero dotada de más teatralidad, casi danzante de cada estrofa, incluso llevando el compás con la mano para que el gesto subraye y reafirme el texto cantado. Magnífica, muy dramática y expresiva en ese final en el que el profeta increpa a Jerusalén para que se convierta, frase tallada en madera en la preciosa puerta de la Cuadra Dorada de nuestra Casa de los Tiros. Vocalizando con todo cuidado a la vez que se balancea con elegancia, sin un átomo de pose y siempre muy atenta a las indicaciones del director desde el clave.

La tercera de las lecciones ambas a dúo, contrastando las dos personalidades, como el color de sus cabellos. Ambas aunando sus voces para que la luz aún brille más. Las dos rozando de nuevo la ópera, porque les hubiese faltado no llevar asidas sus manos a la partitura y expresar con el gesto tanto como saben cantar con sus gargantas.

Otro aire

Como el concierto quedaba corto de tiempo, que no de calidad ni de enjundia temática, se le añadió un estrambote de Marin Marais, perfectamente coetáneo de Couperin: su Magníficat. Esto era otra cosa. Aquel lamento verbalizado por Jeremías ahora se convertía en el regocijo de dos mujeres embarazadas, a lo divino. Lucy y Núria en un dúo casi operístico, cantaron las glorias del Creador haciendo que la luz brillase ya sin un jirón de sombra. Luces abiertas y sonoras como sus preciadas gargantas, siempre arropadas por un conjunto en el que los genes familiares trabajan a favor del arte.

Antaño el texto de estas lamentaciones y del Magnificat solían incorporase en latín y en español al programa de mano, para que el oyente más o menos neófito, siguiese el argumento de cada salmo y cada estrofa, comprendiendo mejor cada melisma y cada calderón. Pero hogaño toca ahorrar hasta en papel. Suerte que con el clave de doble teclado no ha pasado lo mismo.

Andrés Molinari

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