Lidón y Santa Bárbara, una recuperación patrimonial de las de verdad

Scherzo

27 de marzo de 2017


Soy enemigo declarado de la recuperacionitis patrimonial que sufre la música antigua en España por culpa de la nociva influencia de nuestros vecinos franceses. Bien está exhumar obras siempre y cuando la calidad de estas sea mínimamente aceptable. Recuperar por una mera cuestión de nacionalidad —o, incluso, de paisanaje— no tiene ningún sentido si lo que se recupera es —discúlpeseme la expresión— un truño, que es lo que sucede con el 80 por cierto de lo que recuperan los franceses. Y lo que está empezando a suceder en España, donde hasta cuela como recuperación patrimonial alguna supuesta ópera de Francesco Corradini que en realidad no es más que un pastiche (con todas las arias plenamente identificadas y debidas a músicos italianos que jamás pusieron sus pies en España, sin otra aportación de Corradini que la de ensamblaje de las mismas) e, incluso, simples improvisaciones del intérprete de turno que son vendidas como tesoros perdidos de nuestro siglo XVII.

Viene todo esto al caso por la reciente interpretación en cuatro ciudades españolas (Sevilla, Madrid, Burgos y Oviedo) de una obra del bejarano José Lidón cuyo título, siquiera por extensión, no debe dejar indiferente a nadie: Oratorio que se ha de cantar en el Real Colegio de su Majestad al Iris de Paz, la gloriosa Virgen y Mártir, Santa Bárbara, como patrona y titular, en el día 4 de Diciembre de este año de 1775. Puesto en música por Don José Lidón, organista de la Real Capilla y maestro de dicho Colegio. Para no perdernos en ambages, digamos que, por suerte, este oratorio de Lidón es la excepción que confirma la regla: estamos, en mi opinión, ante el hallazgo más importante que se ha producido en España en mucho tiempo. Poca música tan excelsa como esta fue compuesta por español alguno durante el siglo XVIII. Sobre todo, durante la segunda mitad del mismo. Su importancia es aún mayor si tenemos en cuenta que, del mencionado periodo, es el único oratorio que se conserva, junto a otro de Carlos Baguer.

La exhumación del oratorio no ha sido fácil. Los jóvenes musicólogos Raúl Angulo y Toni Pons, tan inquietos como brillantes, dieron con él, en 2010, de manera insólita: iban detrás de un oratorio a Santa Bárbara, pero no el de Lidón, sino el de Francisco Corselli. Tras consultar varios catálogos, hallaron el libreto en la Biblioteca Pública de Castilla La Mancha (Toledo). Posteriormente, supieron que dos partichelas de Lidón se conservaban en el Real Conservatorio de Madrid. ¡Y coincidían! Hacer la transcripción fue tarea ardua, porque Lidón (a la sazón, 27 años, siendo desde los 23 “maestro de estilo italiano” del Real Colegio de niños cantores, donde había estudiado en su tierna infancia), era muy puntilloso a la hora de hacer indicaciones en algunos pasajes sobre articulación o dinámica, pero en otros no indicaba absolutamente nada. Se trata de una obra plena de contrastes (la diferencia de estilos en las arias, en los dúos y hasta en los recitados deja perplejo), absolutamente innovadora y encuadrada de lleno en la corriente conocida como Sturm und Drang (tiene mucho mérito que un músico pipiolo que trabajaba en Madrid conociera tan bien lo que se cocía en el centro de Europa). Sin miedo a caer en la exageración, diré que este oratorio de Lidón es tan bueno como cualquiera de los que compuso en ese mismo periodo Carl Philipp Emanuel Bach. O, incluso, como las óperas del joven Mozart (pese a su carácter religioso, tiene más de ópera que de oratorio). Y eso que el texto, enrevesado y de no demasiada calidad literaria, ayuda bien poco.

Transcrita la obra, había que ponerla en música. Se interesó por ella Joan Bosch, flautista y coordinador de la Acadèmia 1750 (antigua orquesta del Festival de Torroella de Montgrí), y se empeñó en sacarla adelante. Pero el orgánico instrumental que se precisa es grande y eso disparaba el presupuesto, lo cual, en plena crisis económica, tampoco ayudaba demasiado. Hará poco más de un año, al Centro Nacional de Difusión Musical (CDNM) le pareció un proyecto interesante y, no mucho más tarde, también al Festival de Música Antigua de Sevilla (FeMÀS). Para que el camino fuera incluso más abrupto, el pasado viernes, pocas horas después del estreno en Sevilla y pocas horas antes de la actuación en Madrid, se produjo un suceso desdichado: mientras desayunaban, previamente a coger el AVE, el ya mencionado Bosch y el director musical, Aarón Zapico, fueron objeto de un hurto delante de sus narices: dos individuos se llevaron sus mochilas… En la de Zapico estaba la partitura general, con todas las indicaciones que había venido realizando en los últimos cuatro meses, y en la de Bosch, su querida flauta travesera de ébano, a la que llevaba unido 15 años.

Haciendo de tripas corazón por el lamentable percance, finalmente sonó, como estaba previsto, en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Durante las dos horas del concierto, el público asistió atónito a la belleza indescriptible de esta música. Eso se tradujo, al final, en encendidas y larguísimas ovaciones, que obligaron a salir a saludar a los intérpretes hasta en cuatro ocasiones. Ojalá Santa Bárbara y Lidón hayan señalado el camino para la recuperación (la verdadera, la que merece la pena) de más joyas indiscutibles de nuestro patrimonio musical, que haberlas, háylas.

La interpretación tuvo de todo. Orquestalmente se produjeron algunos desajustes y desafinaciones (especialmente, por parte de la primera oboísta). Asimismo, habría hecho falta más cuerda: diez violines en lugar de cinco, tres violonchelos y dos contrabajo (solo había uno de cada). Con eso, seguramente se habrían podido expresar los muchos matices que tiene la partitura de Lidón. Pero, en fin, es lo que hay: el presupuesto da de sí lo que da sí y un deseable aumento de plantilla habría significado el desembolso de más euros que ya no quedaban. Con todo, la Acadèmia 1750 cumplió decorosamente (excepcionales, dicho sea de paso, las dos trompas naturales, sin la más mínima desafinación: Pierre-Antoine Tamblay y Pepe Reche) y permitió percibir al entusiasmado público la venustidad de este oratorio.

Los cuatro solistas vocales mostraron un nivel superlativo, no solo por expresividad y ajuste estilístico, sino por claridad en la declamación (es la primera vez que salgo de un concierto habiendo entendido todas y cada una de las palabras emitidas por todos los cantantes). Eugenia Boix (Bárbara), Carlos Mena (Valenciano) y Marta Infante (Custodio) estuvieron modélicos. La gran sorpresa fue el joven barítono accitano Víctor Cruz, que hizo un memorable Dióscoro (el vesánico padre de Bárbara, a la que corta la cabeza en lo alto de un monte, previa sádica tortura, por haberse convertido al cristianismo). En alguna crítica sevillana he leído que Cruz estuvo “envarado y rudo”. ¡Y qué debía esperarse, pues, de alguien que comete un filicidio tan brutal! ¿Qué fuera amable y simpático? Al final, Dióscoro recibe lo que se tiene merecido: nada más matar a su hija, un rayo cae del cielo y le fulmina (por eso Santa Bárbara es la patrona de las tormentas y de las tempestades).

La dirección de Aarón Zapico fue magistral. Hubo en ella mucho de preparación, mucho de conocimiento y mucho de ensayo (los cuatro días anteriores al estreno). Da gusto comprobar lo bien preparada que viene esta generación de jóvenes músicos españoles, de la cual Zapico es paradigma.

La duda queda en el aire: ¿cuánto tiempo habrá de pasar hasta que podemos volver a escuchar este oratorio? Confiemos en que no tengan que transcurrir otros 242 años.

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