Xavier Sabata y Forma Antiqva en el Palau de la Música de Barcelona

Platea Magazine

13 de febrero de 2017


La grandiosidad del barroco tiene también su lado íntimo y austero, no hay que olvidar que barroco por antonomasia es contraste, fulgor y recogimiento. Concepto y forma se vistieron con atractivo resultado en este seductor concierto de presentación en el ciclo ibercamera por parte de la agrupación asturiana Forma Antiqva con el contratenor catalán Xavier Sabata como invitado especial.

Hay esperanza, ni siquiera un Barça-Atlético de Madrid, partido de la Copa del Rey coincidente con la hora del concierto, empañó una asistencia más que generosa en un Palau donde un público heterogéneo, con caras más jóvenes de lo habitual, indicó que el barroco tiene un público fiel e inquieto. También hay que remarcar que Xavier Sabata es uno de nuestros cantantes más queridos y seguidos y del que se puede decir que rompe el tópico, tristemente muy cierto en la mayoría de casos, de que no se es profeta en la tierra, bien, pues Sabata no solo es profeta sino además Apóstol, felicitémonos por ello.

Por último remarcar el hecho de poder ver en una sala emblemática como el Palau de la Música Catalana a un grupo como Forma Antiqva. Una formación que se ha ganado en sus casi diez años de existencia, no solo un prestigio que rebasa nuestras fronteras, sino que además ofrece también una original discografía, con unos programas interesantes y variados, pero sobretodo con una manera de entender y vivir la música barroca o la tan cacareada Música Antigua, con una personalidad diferencial reconocible. Su visión fresca, dinámica y alegre, marca de la casa, es propia de un milenio donde el “Barroco Renaissance” reina en las salas de concierto de una Europa filobarroca con un público en aumento.

Comenzó el concierto con el aire majestuoso y extrovertido de la maravilla sonora händeliana HWV 351, la Música para los reales fuegos de artificio, un hit para cualquier melómano. Aarón Zapico como director mostró rápidamente las cartas reconocibles de Forma Antiqva, contrastes, viveza, ritmo y búsqueda de matices, si bien un comienzo algo impetuoso hizo prevalecer el sonido brillante del metal sobre una cuerda más bien tibia. Con todo desde una Obertura dinámica y llena de energía, el diálogo de la formación mostró un La paix más equilibrada y una La Réjouissance de seductora lectura para acabar con los dos Menuettos de manera festiva y audaz.

La Suite que sumó piezas de Purcell, Telemann y Händel, interpretadas a posteriori mostraron a la formación con un sonido más orgánico y desenvuelto. A destacar por la sutil lectura y riqueza de sonido el Menuet de la Música Acuática HWV 348 y su festivo contraste con el Air-Allegro del Concerto Grosso núm. 5, donde ahora sí las cuerdas obtuvieron un merecido protagonismo con el apoyo sustancial de Pablo y Daniel Zapico a la Tiorba y a la guitarra barroca.

El contraste de la segunda parte con el añadido de las obras sacras vocales comenzó con el preciosista Stabat Mater de Vivaldi, donde apareció Xavier Sabata, partitura y texto en mano quien leyó el texto de la obra antes de cantarla. Una lectura gestual del cantante, que apreció algo inquieto, con un comienzo más bien cauto, pareció mostrar a Sabata algo nervioso, muy pendiente de la partitura. La voz tersa y suave del catalán fue encontrando su lugar en la acústica del Palau, primero con timidez pero poco a poco adecuándose con mayor naturalidad y fluidez. Es verdad que se pudo apreciar algún desajuste de equilibrio entre la formación y la voz, pero la lectura intimista y sentida de Sabata se impuso con agradable resultado final.

El planteamiento del concierto fue dando forma con el carácter cada vez más introspectivo del programa, que pasó del Vivaldi sacro y recogido ofrecido a un final de verdadero efecto catártico sobre un público absorto en la belleza de las tres últimas piezas interpretadas.

No anunciado en el programa, los hermanos Zapico demostraron capacidad de sorpresa y efecto teatral, con la marcha paulatina de los miembros de la formación mientras se finalizaba la Sinfonía en do de Vivaldi como bisagra a la última actuación de Sabata. Antes de la última entrada al escenario del contratenor y fuera de programa, o no anunciado más bien. Aarón al clave, Pablo a la guitarra y la tiorba de Daniel, ofrecieron un hermosa lectura de una Passacaglia de Kapsberger, pieza incluida en su cd lanzado al mercado en 2010, Concerto Zapico, donde la complicidad, capacidad de trascendencia musical y sensibilidad pusieron en bandeja sonora la entrada de Xavier para cantar el Pianto della Madonna de Giovanni Felice Sances.

Fue aquí en el recogimiento minimal del espirito barroco más sentido donde tanto Xavier como Aarón, al clave, Pablo al archilaúd, Daniel a la tiorba y el bajo continuo al chelo de Ruth Verona, desarmaron a la audiencia con un emocionante canto e interpretación que consiguieron elevar el final del concierto a las mejores cotas del barroco sacro y catártico. Pero la cosa no acabó con este Pianto, semidesconocido y hermoso. Con cada una de las tres estrofas de la obra de Sances, Aarón, Ruth y Daniel, fueron abandonando el escenario, dejando solos a Xavier y Pablo, quienes interpretaron en la mayor concentración y serenidad la última pieza del programa.

Ne timeas Maria, de Tomás Luís de Victoria, pieza del compositor español renacentista más reconocido, escrita en 1572, sirvió al canto más sereno y emocional por parte de un Xavier Sabata que ofreció sus mejores armas, pureza del sonido, naturalidad de la emisión y calidez tímbrica en esta anunciación del Arcángel Gabriel a Maria. La elegida por Dios no ha de temer, la magia del final del concierto fructificó en estos poco más de tres minutos, donde el canto solista y las notas del archilaúd dejaron a la audiencia del Palau hipnotizados por el efecto narcótico de la belleza de un motete que suspendió el tiempo.

Jordi Maddaleno

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