La OSPA se pone barroca

Doble Barra

14 de noviembre de 2012


Gracias a la generosidad de los hermanos Zapico -a los que, antes que nada, quiero agradecer desde aquí el que me ofreciesen tan amablemente una invitación para acceder al concierto- pude presenciar un concierto que realmente podría clasificarse de sorprendente. De mano porque sorprende el hecho de que la OSPA -una orquesta sinfónica al uso- se acerque a un repertorio barroco, y segundo, el que lo hagan desde una perspectiva historicista, de la mano de los grandes representantes de esta opción interpretativa en Asturias, y uno de los mejores exponentes a nivel nacional, como son los hermanos Zapico -germen del conjunto Forma Antiqva-, pues le deja a uno intentado asimilar durente un rato lo que puede salir de ahí. Desde luego, se trataba de una apuesta arriesgada.

El programa, centrado básicamente en los motetes para soprano de Antonio Vivaldi, contaba también con algunos interludios instrumentales de barroco italiano e inglés.

El trabajo de los hermanos Zapico, con Aarón asumiendo la dirección, y Daniel y Pablo al continuo, como suelen acostumbrar -Daniel a la tiorba y Pablo a la guitarra barroca-, fue realmente estupendo, y me consta que realmente duro y exigente. Hay que tener bien presente que conseguir que una orquesta sinfónica intente acercarse a un repertorio tan alejado de su habitual y lo haga desde unos criterios totalmente opuestos a lo que hacen cada día, resulta cuando menos harto complejo. A tenor de lo visto en el concierto, creo que, como suele acontecer, el trabajo duro termina dando sus frutos.

La orquesta, reducida a 24 instrumentistas -que supone un recorte más que sustancioso en la plantilla habitual de la orquesta- se mostró bastante receptiva ante repertorio y director, aunque no hubiera realmente mucho feedback entre ellos en mucho momentos. Creo que el mero hecho de tocar sin apenas vibrato, como hicieron, ya supone un verdadero reto para estos músicos. Estamos ante una música realmente virtuosa, no solo en lo vocal, sino también en las líneas instrumentales, por lo que creo que el disfrute para estos músicos pude ser mayor de lo esperado por ellos mismos.

Comenzaba el concierto con una de las piezas más célebres de Francesco Geminiani, su orquestación sobre la sonata Op. V/XII de Arcangelo Corelli, sobre el tema de La Follia. Una pieza que juega magistralmente sobre este tema, con cambios de tempo, compás, carácter, concertino/tutti... interpretada aquí con ciertos claroscuros. Los momentos solísticos pecaron en cierto punto de vuelta a lo de siempre, al hacer solista de músicos de orquesta sinfónica, aunque esto se vio contrastado en los momentos orquestales. Hubiera sido de agradecer un poco más de contraste entre las diversas partes, no obstante, los momentos lentos resultaron bastante expresivos.

Sin solución de continuidad hacía su entrada la soprano canaria Raquel Lojendio, que a pesar de no ser especialista en música barroca, pues hace prácticamente de todo, se mostró muy seria en la coloratura, bastante elegante en su línea, fraseo e imaginativa pero discreta en los ornamentos de los da capo, muy enérgica en los pasajes de bravura y contenida y expresiva en los momentos más delicados. Estos motetes del maestro veneciano son obras tremendamente exigentes en lo vocal, pues son piezas con una gran carga de notas por compás, giros vertiginosos, además aúnan pasajes de "furor vivaldiano" con momentos realmente delicados y de una hondura textual muy marcada. Es de destacar su buen hacer en la pronunción del texto, lo cual siempre es de agradecer y no resulta una cualidad muy habitual entre las cantantes españolas. Especialmente ejemplificador resulta el motete In fvrore ivstissimae irae RV 626, cuyo primer movimiento, de gran fuerza teatral, contrasta con el tercero, de un patetismo latente -desde mi punto, esta es una de las grandes joyas del la producción vocal de Vivaldi-.

La segunda parte se abría con uno de los concerti grossi del británico Charles Avison, de su colección Concertos in Seven Parts done from the Lessons of Domenico Scarlatti, concretamente el nº. V, un ejemplo del tratamiento del concerto grosso en Inglaterra, con una clara influencia italiana -no hay que olvidar que Avison estudió con el mencionado Geminiani-. La interpretación siguió un poco por los caminos de Geminiani, siendo más sólidos los momentos del ripieno.

Los dos motetes de Vivaldi que cerraban el programa, son dos ejemplos más del tratamiento del motete por parte del Il Prete Rosso: obras compuestas normalmente en cuatro movimientos, con arias en su primer y tercer movimiento -comúnmente una de carácter rápido y otra contrastante, de carácter calmo-, un recitativo en su segundo movimiento y un Alleluia final, que suele ser muy virtuosístico y vivo en su tempo. Se trataba de dos ejemplos también muy conocidos dentro de su producción motetística, sobre todo el último de ellos, cuyo primer movimiento -y otro de los momentos culminantes en su producción- es de sobra conocido, por lo delicado y hermoso de su tema principal.

La elección de los tempi, sobre todo en los movimientos rápidos, resultó algo más calmada de lo que estamos acostumbrados, quizá por contener a la orquesta y no desatar "furias" que pudieran descontrolar la interpretación. El continuo, con la aportación de los dos Zapico a la cuerda pulsada, resultó bastante presente, contundente y referente para la orquesta. Solamente eché de menos la presencia de un órgano en el continuo, aunque supongo que Aarón quiso estar más presente en la dirección, aunque fuese recortando efectivos en la parte del basso; una lástima, pero una decisión comprensible -en caso de que sea este el caso-. Su dirección resultó coherente, controlando en el punto justo, dejando hacer, pero llevando el mando. No sé mostró muy atosigante en las entradas, sino que su gesto iba más centrado en mantener el pulso lo más invariable posible y en marcar las dinámicas de una manera clara.

Tras los numerosos aplausos, la soprano canaria y los dos hermanos asturianos tuvieron a bien regalar al público una pieza realmente disonante en el ambiente del programa, pero cuya belleza hizo que el dato resultase meramente anecdótico. Se trató de Se l'aura spira tutta vezzosa, de Girolamo Frescobaldi, una pieza de una belleza fascinante, que la soprano interpretó con gran vehemencia y una dicción clarificadora. A ello se suma la excelencia lograda por Daniel y Pablo, que con sus intrumentos ya están consiguiendo cotas de una calidad realmente pasmosa.

En definitiva, un concierto sorprendente -y para bien-, cuya programa es siempre digno de alabar y en el que se observó un gran trabajo y disfrute por parte de los allí presentes, lo cual, teniendo en cuenta todas las condiciones, creo que es un mérito que merece la pena reseñar y aplaudir.

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