‘Serata’ napolitana

Scherzo | 15 febrero 2020

Crítica sobre Stabat Mater @ Auditorio Nacional de Música, Madrid

La música entraña a veces enigmas insondables. Para mí es un gran misterio, por ejemplo, el predicamento de que goza el Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi. Prácticamente no hay semana que algún sello discográfico no saque al mercado una nueva versión de esta empalagosa obra, que, por supuesto, se programa con harta frecuencia en las salas de concierto. Basta con escuchar alguno de los títulos operísticos de este compositor (no muchos, pues recordemos que falleció cuando solo contaba 26 años) para comprobar que se trata, comparativamente, de una obra muy menor. Lo es incluso si la cotejamos con alguna otra composición sacra pergolesiana (especialmente, sus Septem Verba a Christo). Supongo que el pobre Pergolesi no estaba en ese momento para grandes alharacas: recluido en un monasterio franciscano de Pozzuoli, víctima de una tuberculosis galopante, lo escribió en sus últimas semanas de vida, cuando él mismo ya sabía que el fin estaba próximo. Hay quien incluso ha sugerido que no es realmente una obra suya, pero su autoría está fuera de toda duda, dado que se conserva el manuscrito autógrafo.

Hay que emplear grandes dosis de imaginación y mucho trabajo para ofrecer una versión mínimamente atractiva del Stabat Mater de Pergolesi. Aarón Zapico, al frente de su grupo, Forma Antiqva, no escatimó esfuerzos ni medios para sacar lo poco que de atractivo —ojo, en mi opinión… siempre en mi opinión—tiene esta obra. Y creo que el director asturiano salió airoso del reto. Al menos, el público que llenaba la sala sinfónica del Auditorio Nacional, en esta nueva aparición de Forma Antiqva en el ciclo de La Filarmónica, se lo recompensó con una prolongada ovación. Esos medios pasaban por contar con cantantes de garantía: la soprano María Espada y el contratenor Carlos Mena. Aunque no siempre consiguieron que sus voces empastaran a la perfección, ambos supieron sacarle todo el jugo posible al Stabat Mater, lo cual tiene mucho de meritorio.

La postrera obra de Pergolesi cerraba un programa íntegramente napolitano, aunque siempre habrá quien esgrima que Charles Avison era más inglés que la Torre de Londres. Lo era, en efecto, pero sus composiciones más celebradas, los 12 Concerti grossi, son en realidad arreglos —muy dignos, eso sí— de sonatas para clave de un músico nacido en Nápoles, Domenico Scarlatti, que ya en los años 10 del siglo XVII era notablemente popular en la capital de Inglaterra gracias a la campaña de promoción que le había hecho el compositor irlandés Thomas Roseingrave, a quien había conocido en Roma.

La velada se abrió con la hermosísima sinfonía, en tres movimientos, de la ópera Siroe de Nicola Conforto, que hoy sería un compositor mucho más afamado si no hubiera tenido la desgracia de vivir cerca de cuarenta años y de fallecer en España (en Aranjuez, concretamente). ¿Qué tiene que ocurrir en nuestro país para que alguien se dedique a recuperar la música de Conforto como es debido? No, no me respondan, que ya lo sé yo: dinero y comprensión por parte de las autoridades culturales, requisitos ambos que en verdad escasean por estos pagos.

Tras la sinfonía de Conforto y uno de los concerti grossi de Avison (el nº 5), llegó un bello Salve Regina de Nicola Porpora, concluyentemente verificado tanto por Mena como por la orquesta. Y entre el Salve Regina de Porpora y el inevitable Stabat Mater de Pergolesi, otra sinfonía también en tres movimientos, esta de Vinci, del Oratorio Maria Dolorata.

Al margen de lo ya antes señalado, Zapico y Forma Antiqva tuvieron que lidiar con otro inconveniente: el desmedido tamaño de la sala. Entiendo que la misión de un promotor musical es la de recaudar el máximo dinero posible (y aquí el propósito se cumplió con creces, dado que el escenario estaba prácticamente lleno), pero sería deseable que ello no fuera nunca en detrimento de la música, ni de los intérpretes. Como ya indiqué hace unos días con motivo del concierto ofrecido por el Dunedin Consort (ciclo Grandes Intérpretes de la Universidad Autónoma de Madrid), la sala sinfónica del Auditorio Nacional no es el lugar más indicado para que toque una orquesta de cámara (en este caso, integrada por seis violines, dos violas, dos violonchelos, un contrabajo, un archilaúd, una tiorba y, claro, el clave —en la primera parte— y el órgano —en la segunda— de Aarón Zapico). Con todo, Forma Antiqva salió airosa de todos estos inconvenientes, con una dirección enérgica y contrastada de Zapico (como en él es habitual), con una espléndida labor de Jorge Jiménez como concertino y con un bajo continuo lustroso (los violonchelos de Ruth Verona y Ester Domingo, y la cuerda pulsada de los otros dos hermanos Zapico, Pablo y Daniel).

Eduardo Torrico

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Premios MIN de la Música Independiente - Mejor Álbum de Música Clásica 2018 para «Concerto Zapico Vol. 2»

NPR Music's Best Classical Albums Of 2018 para «Concerto Zapico Vol. 2».

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